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Genética 101: Un viaje en el tiempo por la herencia, desde Mesopotamia hasta el Renacimiento

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Historia de la genética y herencia antes de Mendel
Angrysun/Magnific

La genética es una disciplina científica muy novedosa, considerando que algunos historiadores colocan su inicio con el redescubrimiento de los trabajos de Mendel al comienzo del siglo XX. Sin embargo, para esta primera parte del blog de Genética 101 de Nanolab, te proponemos explorar la historia de la genética antes de los tiempos de Mendel. 


Prepárate para este viaje histórico, donde exploramos momentos curiosos de la historia de la genética, desde animales extintos en Mesopotamia hasta una realeza europea abucheada por las enfermedades hereditarias. 


El Paleolítico y la pregunta de ¿dónde vienen los bebés?


Muchos historiadores colocan el inicio de la genética, como disciplina científica, en 1900. Sin embargo, los humanos siempre han tenido cierta fascinación con la herencia. Por ahí siempre han estado las preguntas: ¿de dónde vienen los bebés? ¿Y por qué los hijos se parecen a los padres?


Se piensa que durante el final del Paleolítico, hace unos 50 mil años, muchas culturas creían que las mujeres eran capaces de generar hijos por sí solas (partenogénesis). Ello explicaría que la figura de la fertilidad fuese femenina. Un amuleto llamado la Venus de Willendorf es un ejemplo de esto. 


Por otro lado, algunas culturas de Oceanía, con linajes muy antiguos, reflejan creencias parecidas. Por ejemplo, la población aborigen de Papúa Nueva Guinea creía que una madre creaba vida cuando un espíritu se introducía dentro de ella. Esta creencia incluso afectó al lenguaje, pues carecen de una palabra para el padre. Lo más cercano que tienen es la palabra tama, que significa “el esposo de mi madre”.

 

Eventualmente, se perdió la creencia que ponía a la mujer como la única participante en la formación de un bebé y, en el proceso, se dio un giro de 180 grados. Pronto la fertilidad obtuvo una visión androgénica, pasando a colocar el semen como la semilla de la vida. Incluso hoy esta creencia continúa viva, aunque tanto el óvulo como el espermatozoide  son completamente necesarios para concebir a un bebé.

Venus de Willendorf y su papel en la herencia
Venus de Willendorf, un amuleto de fertilidad. AlMare/Wikimedia Commons

Mesopotamia y los primeros híbridos


En la antigua Mesopotamia, hace alrededor de 4500 años, los sumerios aprendieron sobre la hibridación —combinar dos especies distintas de animales—. Esta cultura logró crear el primer animal híbrido, llamado kunga. Se trató de la combinación de un burro con un hemipo, una especie ya extinta de asno salvaje. 


¡No era fácil producir kungas! El hemipo era más veloz que un burro y una kunga, pero imposible de domesticar, por lo que hacer que una burra y un hemipo tuviesen hijos no era tarea fácil. 


La kunga fue el primer animal híbrido y, tristemente, jamás la conoceremos, ya que el hemipo se extinguió en 1927. Su desaparición eliminó cualquier posibilidad de producir kungas, por lo que se perdieron dos clases de animales. 


¿La sangre forma bebés?


Aristóteles (570 – 495 a.C.) intentó explicar cómo se formaban los bebés y para él no existían los genes, sino que todo estaba en la sangre: los alimentos se volvían una sustancia especial en la sangre, llamada icor, que se iba concentrando en núcleos, los cuales contenían todas las partes del cuerpo. Para este pensador, el semen era un tipo de sangre purificada que tenía la capacidad de formar un bebé si se mezclaba con la sangre del menstruo materno. De esta manera se combinaban ambos icors y se formaba un bebé. 


Este filósofo hasta conceptualizó una teoría que explicaba cómo se decidía el sexo biológico del bebé. El semen estaba asociado al calor y el menstruo al frío. Si el semen era menos caliente que el menstruo, predominaba el frío y se formaba una niña. Al contrario, si el semen era más caliente que el menstruo, se concebía un niño. 


Los griegos y las enfermedades genéticas 


Desde la Antigua Grecia, varios pensadores intentaron encontrar una explicación a las enfermedades genéticas. Aristóteles señaló que los recursos del mundo eran finitos, por lo que la naturaleza no permitía que se formase más vida de la que debía existir. Este filósofo griego indicó que las ovejas y chivos solían formar más “monstruosidades” porque había demasiadas y la naturaleza impedía que se formaran más. Esta idea era similar para las personas: si la población del mundo crecía demasiado, nacía un bebé enfermo para que muriera y volviera el orden poblacional. 


Aristóteles también contempló el poder de los astros. Los griegos creían que las estrellas y cuerpos celestes afectaban el mundo y, por supuesto, a los bebés. Cada signo modificaba las características de las personas. ¡Actualmente, muchos aún creen en el poder de los signos del zodiaco! 


Posteriormente, Epicuro (341-270 a. C.) continuó con la idea sobre los cuerpos celestes y propuso que modificaban los átomos —aquellos núcleos que formaban a los bebés.

Asclepiades tomó ambas ideas y propuso que los átomos podían afectar los núcleos y generar enfermedades. Así que las enfermedades genéticas eran en parte dictadas por los astros, que modificaban los núcleos, los cuales se podían mezclar y ser incompatibles, dando lugar a una enfermedad.


Astrología y genética
La creencia acerca del poder de las estrellas y los signos del zodiaco proviene de la antigua Grecia. Tortila/Magnific 

¿La mujer también produce semen?


Galeno fue un médico romano y es posiblemente el médico más reconocido, incluso hoy. Sus trabajos dictaron cómo sería la medicina por siglos, desde Roma hasta la Edad Media.


Galeno entendía que el semen era necesario para producir bebés, pero no comprendía del todo el rol de la mujer. Una de sus grandes incógnitas era que un varón se pareciera a su madre o una niña a su padre. Esto lo llevó a pensar que no solo el hombre producía semen, sino también la mujer. Esto explicaría que un bebé tuviese características de ambos; el semen femenino y el semen masculino se debían combinar.

El Medievo: una época estática


La época medieval no cambió mucho lo que se creía sobre el cuerpo humano y la salud, ya que continuó utilizando los trabajos de Galeno. Claro, hubo que adaptar ciertas cosas para que tuvieran sentido con el cristianismo. Por ejemplo, Agustín de Hippo dijo que Dios había dejado en las plantas y animales materia con poderes para reproducirse sin necesidad de intervención divina. 


Huevos al Renacimiento 


El Renacimiento trajo consigo grandes cambios en el pensamiento científico. Aunque no creas que la religión no importaba, solo cambió la perspectiva. En este periodo no se dejó de creer en Dios, sino que se buscó entender lo que Dios había creado. 


En el siglo XVII, William Harvey (1578–1657) volteó hacia los huevos. Si de ellos brotaban polluelos, los mamíferos también debían tener alguna especie de huevo que les permitiese formar bebés. Para demostrar su teoría, abrió ciervas, pero no consiguió encontrar huevos mamíferos, aunque no porque no existieran, sino porque son microscópicos. Así que Harvey no estaba del todo mal, pero sin un microscopio nunca iba a encontrar a los óvulos. 


De tal palo, tal astilla


Los médicos durante el inicio del Renacimiento se interesaron por cualidades que parecían pasar de padres a hijos. Aunque Jean François Fernel (1497–1558) no dijo la frase “de tal palo, tal astilla”, plasmó un pensamiento similar: “Tal es el temperamento del padre, tal es el del hijo; y la enfermedad que el padre padecía al engendrarlo, esa misma tendrá el hijo después de él”.


Para los médicos de la época, no solo se podían heredar enfermedades, sino otras cualidades, como la cultura, profesión, habilidades o incluso el dinero. Así, los padres pobres generaban un hijo pobre; los padres músicos, concebían un bebé con dotes musicales; y los padres suecos engendraban un bebé con cultura sueca. 


Huevos o matrioska 


El Renacimiento vio una de las mayores batallas científicas: saber cómo se hacían los bebés. Hubo dos bandos: el preformista y el dedicado a la epigénesis. Los preformistas creían que los bebés venían prehechos y simplemente eran diminutos. De esta manera, una mujer podía ser como una matrioska con bebés dentro de ella o el espermatozoide era como un liliputiense, un humanito microscópico que podía crecer en un bebé. El otro bando creía en la epigénesis: no existían bebés preformados, sino que se iban formando poco a poco.


Harvey señaló que un huevo no tenía un ave dentro, sino solamente la clara, la yema y un puntito rojo. Así que sus experimentos con huevos dieron paso a esta batalla campal por ver quién tenía razón sobre la embriogénesis. Sin embargo, la mayoría apoyó el preformismo, siguiendo las ideas de la época sobre la generación espontánea. 


Tras 100 años de debates científicos, llegó el microscopio y los preformistas perdieron una batalla, aunque no la guerra (aún). Karl Ernst Ritter von Baer (1792–1876) descubrió que las hembras sí producían huevos (óvulos), mientras que Antonie van Leeuwenhoek (1632–1723) observó por primera vez a los espermatozoides. Sin embargo, van Leeuwenhoek propuso que el espermatozoide seguía siendo preformado. Su hipótesis era que el espermatozoide era un minúsculo bebé que se alimentaba del huevo femenino para crecer.

Preformismo y genética
Dibujo de Hartsoecker (1695) que muestra al espermatozoide preformista: un micro ser humano que podía crecer en un bebé. Sciencia58/Wikimedia Commons

Lagartijas y medusas: más allá del huevo


Mientras que el debate por los huevos y cómo se formaban los bebés continuaba, varios epigenetistas —no deben confundirse con la epigenética actual— se interesaron por la habilidad regenerativa de ciertos animales. ¿Cómo puede una lagartija rehacer su cola? No había huevos, ni espermatozoides, pero podían rehacer partes de su cuerpo. 


Eventualmente, se descubrió una cnidaria, llamada hidra, que es un tipo de medusa. Inicialmente, se creyó que era una planta y, durante un experimento, Abraham Trembley (1710-1784) la cortó a la mitad, como una flor. Sin embargo, esta “planta” no se secó, sino que ambas mitades formaron un nuevo cuerpo; ahora había dos medusas. 


La hidra llamó mucho la atención. Algo en esos animales tenía la capacidad de formar partes del cuerpo. Un científico, llamado Réaumur (1683–1757), teorizó que todas las partes del cuerpo tenían una partícula vital que permitía formar más partes. 


Las partículas vitales del Réaumur llamaron la atención de otro naturalista, llamado Maupertuis, que estudiaba el albinismo. El pensador llegó a la conclusión de que ambos padres debían mezclar esas partículas vitales y a partir de ellas se formaba un nuevo ser. Si las partículas no se mezclaban correctamente o en dosis equitativas, se producían “monstruosidades” (alteraciones). A partir de esta teoría, Maupertuis intentó explicar cómo dos padres negros podían producir un hijo blanco (albino). 


El clima y la cultura en la herencia


La epigénesis comenzó a ganar terreno, pero qué fuerza, partícula o magia hacía que se formara un bebé continuaba siendo un misterio. En parte, se regresó a la teoría de Aristóteles: en el semen se juntaban alguna clase de partículas. 


En un experimento no tan bien conceptualizado, Caspar Friedrich Wolff (1733–1794) intentó mostrar que las partículas del semen eran modificadas por el ambiente y de paso “explicó” las razas humanas. Wolff observó que en Alemania los bebés nacían caucásicos y en Etiopía negros. Para explicarlo, este naturalista sugirió que la temperatura y el ambiente afectan las partículas y la forma en la que los bebés se forman. El calor y la sequedad llevaban a que los bebés fuesen de tez oscura y el frío y la brisa a que fuese blanca. 

Johann Friedrich Blumenbach (1752–1840) también creyó en partículas y fuerzas de la naturaleza, pero para este pensador muchas de las partículas ya estaban predestinadas y guiadas por los padres. Por ejemplo, el huevo (óvulo) ya estaba predestinado y cargaba características biológicas y culturales de los padres. 

 

La sangre azul no es buena


Durante siglos, la realeza europea formó alianzas y matrimonios consanguíneos para mantener el estado de su sangre puro. Si la sangre azul se mezclaba con la de un ciudadano promedio, se volvía impura, perdía su estatus y su capacidad para gobernar. Al mantener tantas relaciones y generaciones endogámicas, los bebés de la realeza comenzaron a nacer con enfermedades y condiciones genéticas.


Las enfermedades genéticas de la realeza no solo eran un problema médico, sino también social. Si durante siglos se tuvo la concepción de que lo imperfecto nacía “monstruoso” para ser eliminado naturalmente, ¿qué significaba que la realeza tuviese deformidades? 


Entre los siglos XVIII y XIX, las clases menos acomodadas comenzaron a usar el título de “noble” como un sinónimo para enfermedad degenerativa. Incluso nació una creencia popular que decía que nombrar a un niño con el nombre de algún aristócrata lo enfermaría. 


Al mismo tiempo, inició un movimiento social que se oponía a la burguesía: “el pueblo sano” no debía seguir a una “realeza degenerada y enferma”. Esta gran problemática vio el nacimiento del estudio de la herencia, ya que los nobles comenzaron a financiar estudios para buscar cómo evitar las enfermedades hereditarias.


Realeza europea y condiciones genéticas
El prognatismo de Carlos II es un ejemplo de las condiciones genéticas que achacaban a la realeza y que eran burla de las clases populares. Juan Carreño de Miranda 1679. EeuHP/ Wikimedia Commons.

Las ovejas responden a la realeza


A principios del siglo XIX, en Moravia —actualmente República Checa—, Christian Carl André (1763–1831) se volvió el secretario de la Sociedad de Criadores de Ovejas y comenzó a estudiar cómo podía obtener más lana. 


Trabajó realizando cruzas y notó que se podían producir ovejas con más lana si se cruzaban las ovejas con cualidades deseables. Se podría decir que le dio un término científico a lo que ya se había hecho en Mesopotamia con la kunga: se podían mejorar animales y plantas a través de la selección artificial.  


André no solo describió la mejora de especies, sino que descubrió que si comenzaba a cruzar ovejas “perfectas”, pero consanguíneas, la nueva generación salía deforme o enferma, llegando a la conclusión de que la endogamia era negativa para la progenie. 


Nanolab espera que hayas disfrutado este rápido viaje por los inicios de la genética. Por supuesto, la historia es muy compleja y es todo un proceso imposible de resumir en tan poco espacio, pero estas pinceladas te pueden dar una idea sobre cómo se fue formando la genética y qué se creía sobre la herencia.


En la próxima entrega de Genética 101 exploraremos los siguientes pasos que dio la genética. ¿Cómo pasó de estudiar animales a ser indispensable en la medicina? 


Referencias 


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Dra. Esp. en Genética Medica

Gloria Eugenia Queipo García

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